En mis vacaciones, después de mi primer año en el CCH, mi mamá me dijo:
- Hay un gato afuera, lo atacó el perro.
Yo salí corriendo de mi casa, y la vi. Estaba acostada en una de las bardas de mi casa, no se movía y cuando me acerqué, comenzó a temblar.
Luego, entré a mi casa por agua, pero ella no la bebía, así que volví a entrar por una cuchara desechable. Tomé, débilmente, su mandíbula, la alcé y comenzó a sorber agua. En seguida, salí de mi casa y compré alimento para gato.
Me di cuenta que Julia tenía su pata trasera izquierda lastimada, así que no iba a poder correr y entre mi papá y yo, le improvisamos una casa con unas láminas que teníamos en la azotea.
Con el paso de los días, Julia comenzó a recuperarse y se salía de la casa que mi papá y yo le habíamos construido, pero si el perro la volvía a ver, no iba a terminar muy bien, por lo que decidí decirle a mi papá que me dejara tener a Julia hasta que se recuperara, él accedió.
Y Julia nunca se fue. La verdad, no podía permitirlo.
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