domingo, 24 de agosto de 2025

Julia

Durante años viví bajo las máximas de Freud: amar y trabajar. Según mis jefes, nunca había tenido un mejor rendimiento. Según mis valores, nunca había conocido una mejor persona que tú. Hasta que un día, de una forma absurda, como salida de un cuento de Kafka, te fuiste.

Yo me quedé en la misma casa en donde vivíamos. Me quedé con este amor desbordado que no tenía un lugar a donde irse y me inundé. Mi mamá me gritó que así es la vida y debía reponerme.

Y yo lo sabía: sabía que no ibas a volver, que debía acostumbrarme a tu ausencia y dejar de cazar fantasmas. Pero todo me recordaba a ti y a esa burbuja en la que nos abrazábamos y nada más entraba. 

De un día a otro me rompieron la burbuja y tuve que enfrentarme al mundo hostil del que me refugiaba en ti. No cambié las sábanas por semanas para no deshacerme de tu olor. Me ponía a llorar en el supermercado porque cada dos semanas compraba papel de baño y ahora duraba el doble. Me ponía a llorar cuando recordaba que debía servir un plato, no dos. Me enojaba con los invitados cuando se sentaban en tu lado del sillón, no les decía nada, pero ese pedazo de sillón se volvió un templo.

Me pidieron que me tomara un mes en mi trabajo, mis traducciones del alemán al español no tenían sentido, el sujeto no concordaba con el resto de la oración. Yo no podía ni reconocer el verbo en segunda posición.

Mentí más arriba, no te fuiste. Aún puedo ir a abrazarte.

Solo tengo que agarrar la urna de tus cenizas.

martes, 19 de agosto de 2025

Aprendí a pedir disculpas

Cuando era más pequeña, era muy fácil irme. ¿Me hiciste algo malo? Adiós, nunca nos volveremos a ver. Todo era corto, relaciones líquidas y utilitarias.

Luego llegó un tiempo de profunda reflexión, de reconocer las violencias que viví. Hui de lugares donde decían que me amaban, pero solo recibía humillación. Aún más importante: reconocí las violencias –aunque fueran microscópicas– que alguna vez cometí. Me di cuenta que mis acciones tienen consecuencias y pueden lastimar a otros. 

Al principio era difícil, yo no sabía cómo actuar, pero el sentimiento de arrepentimiento no se iba de mi estómago. Solo se iba después de decir la palabra "perdón", así que aprendí a pedir disculpas, a ver a la otra persona a los ojos, dejarle saber que es genuino y que me importa tanto, que le pido perdón porque quiero que siga en mi vida. Bauman no va a dictar cómo me relaciono con otras personas.

Lo curioso es que yo aprendí a pedir disculpas, pero nunca nadie me ha pedido perdón.