Durante años viví bajo las máximas de Freud: amar y trabajar. Según mis jefes, nunca había tenido un mejor rendimiento. Según mis valores, nunca había conocido una mejor persona que tú. Hasta que un día, de una forma absurda, como salida de un cuento de Kafka, te fuiste.
Yo me quedé en la misma casa en donde vivíamos. Me quedé con este amor desbordado que no tenía un lugar a donde irse y me inundé. Mi mamá me gritó que así es la vida y debía reponerme.
Y yo lo sabía: sabía que no ibas a volver, que debía acostumbrarme a tu ausencia y dejar de cazar fantasmas. Pero todo me recordaba a ti y a esa burbuja en la que nos abrazábamos y nada más entraba.
De un día a otro me rompieron la burbuja y tuve que enfrentarme al mundo hostil del que me refugiaba en ti. No cambié las sábanas por semanas para no deshacerme de tu olor. Me ponía a llorar en el supermercado porque cada dos semanas compraba papel de baño y ahora duraba el doble. Me ponía a llorar cuando recordaba que debía servir un plato, no dos. Me enojaba con los invitados cuando se sentaban en tu lado del sillón, no les decía nada, pero ese pedazo de sillón se volvió un templo.
Me pidieron que me tomara un mes en mi trabajo, mis traducciones del alemán al español no tenían sentido, el sujeto no concordaba con el resto de la oración. Yo no podía ni reconocer el verbo en segunda posición.
Mentí más arriba, no te fuiste. Aún puedo ir a abrazarte.
Solo tengo que agarrar la urna de tus cenizas.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario