Siempre
que pasa por aquí me reconforta. No sé qué es.
Allí
viene, como cada día, de regreso a casa.
Lo
analizo, tal vez hoy descubra qué es lo que me atrae de él. Lo miro de arriba
abajo. Camina lento. Quisiera abrazarlo, pero no puedo. Tengo que permanecer al
margen.
Miro
su cara. Ojos cafés que denotan tristeza y unos labios delgados que no he visto
sonreír en mucho tiempo.
Desde
la primera vez que lo vi, ha cambiado su personalidad. Desde los libros que
solía cargar, hasta su forma de vestir. Parece otra persona, se ve triste e
incluso regresa solo, y antes solía hacerlo con sus amigos. Poco a poco queda
fuera de mi campo de visión y Dios, ojalá fuera mañana para poder verlo de
nuevo.
Ser
puente no es fácil. Me gustaría moverme, salir con mis amigos, o tener una sombrilla
al mediodía. Resulto bastante útil para las personas y me he acostumbrado a
serlo, pero esto de quedarme quieta no me gusta.
De
nuevo, se acerca caminando y me invade la felicidad. Sube por mis escaleras
para pasar al otro lado, pero se detiene, mira hacia abajo y después da un
vistazo alrededor. Baja la cabeza y sigue con su camino.
¿Por qué lo hizo?
Me
gustaría saber su nombre, platicar con él, decirle lo que siento. Si tan solo
pudiera.
Estos
últimos días, cuando va a medio camino se para, mira hacia abajo, y continua. Me
preocupa.
Hoy
es lunes, día que odian los mortales, pero para mí es un día en el que me siento
menos sola. Él llega y se sienta en mi barda, como dispuesto a lanzarse.
- Por
favor, no lo hagas. Si tú saltas, yo caigo – digo, pero no me escucha.
Se
quita su mochila, la avienta, analiza el tiempo que tarda en caer y el daño que
los autos le causan. Después él se tira. No sé qué hacer.
Me
olvido de lo que me han dicho algo y me deshago para intentar atraparlo. Me
desintegro en piedras, una choca contra su cabeza, y finalmente sin lograrlo:
caigo sobre él.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario