jueves, 15 de marzo de 2018

SI TÚ SALTAS, YO CAIGO


Siempre que pasa por aquí me reconforta. No sé qué es.
Allí viene, como cada día, de regreso a casa.
Lo analizo, tal vez hoy descubra qué es lo que me atrae de él. Lo miro de arriba abajo. Camina lento. Quisiera abrazarlo, pero no puedo. Tengo que permanecer al margen.
Miro su cara. Ojos cafés que denotan tristeza y unos labios delgados que no he visto sonreír en mucho tiempo.
Desde la primera vez que lo vi, ha cambiado su personalidad. Desde los libros que solía cargar, hasta su forma de vestir. Parece otra persona, se ve triste e incluso regresa solo, y antes solía hacerlo con sus amigos. Poco a poco queda fuera de mi campo de visión y Dios, ojalá fuera mañana para poder verlo de nuevo.
Ser puente no es fácil. Me gustaría moverme, salir con mis amigos, o tener una sombrilla al mediodía. Resulto bastante útil para las personas y me he acostumbrado a serlo, pero esto de quedarme quieta no me gusta.
De nuevo, se acerca caminando y me invade la felicidad. Sube por mis escaleras para pasar al otro lado, pero se detiene, mira hacia abajo y después da un vistazo alrededor. Baja la cabeza y sigue con su camino.
  ¿Por qué lo hizo?
Me gustaría saber su nombre, platicar con él, decirle lo que siento. Si tan solo pudiera.
Estos últimos días, cuando va a medio camino se para, mira hacia abajo, y continua. Me preocupa.
Hoy es lunes, día que odian los mortales, pero para mí es un día en el que me siento menos sola. Él llega y se sienta en mi barda, como dispuesto a lanzarse.
- Por favor, no lo hagas. Si tú saltas, yo caigo – digo, pero no me escucha.
Se quita su mochila, la avienta, analiza el tiempo que tarda en caer y el daño que los autos le causan. Después él se tira. No sé qué hacer.
Me olvido de lo que me han dicho algo y me deshago para intentar atraparlo. Me desintegro en piedras, una choca contra su cabeza, y finalmente sin lograrlo: caigo sobre él.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario