El sol brillaba en el cielo azul y las nubes se dibujaban como borregos. Él caminaba sobre la banqueta, con la fatiga del calor del medio día. Se tocó la frente y se dio cuenta que había estado sudando.
Caminaba y sentía que no llegaba a algún lado, no podía siquiera ver el lugar al que se suponía que debía llegar. Llevaba prisa, aunque no recordaba por qué, el único pensamiento recurrente en su mente era “tengo que llegar a tiempo”.
Se detuvo a descansar un momento, se quitó los zapatos, las calcetas y masajeó sus pies, sintió un poco de alivio, excepto que tenía que seguir caminando. Volvió a calzarse y siguió su camino, “tengo que llegar a tiempo”. Caminaba, miraba los edificios, algunos se caían, otros brillaban de nuevos, sin embargo, no podía detenerse mucho a pensar, tenía el tiempo encima.
Caminaba, se fatigaba, se quitaba los zapatos, se los volvía a poner y continuaba caminando, “tengo que llegar a tiempo”, de verdad, él necesitaba llegar a tiempo.
Eran las cinco de la tarde, tenía hambre, fatiga y un lugar al cual llegar. Se detuvo en una tienda para comprar algo que pudiera comer mientras caminaba.
El sol ya no alumbraba con la misma intensidad, incluso comenzaba a hacer frío, él se consolaba diciendo que descansaría cuando llegue a donde tenía que llegar y no le faltaba mucho.
En un punto, la gente no hablaba su idioma, lo veían raro por su forma de vestir y de andar por la calle, ya le faltaba poco y no podía parar a descansar o no llegaría a tiempo. Llegó hacía un lugar en el que había dos caminos: el de la derecha y el de la izquierda; decidió echar un volado mientras la gente lo miraba raro e intentaba entender qué hacía.
“Tengo que llegar a tiempo” se dijo y comenzó a trotar, cuando se cansaba empezaba a gatear o lo que sea, mientras lo mantuviera en movimiento.
Miró hacía atrás y vio a la Tierra en pequeñita, siguió caminando, ya casi llegaba y lo único que lo dejaba ver era una luz a la que se acercaba. Una luz tenue como la de una vela.
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